Publicado
02 nov. 2026
por Oscar Martínez
Cuando se habla de caída del cabello, la imagen suele ser masculina. Sin embargo, la pérdida de pelo preocupa a muchas mujeres, que a menudo la viven en silencio. Bajo el término alopecia se engloban cuadros muy distintos, cada uno con su causa y su tratamiento, y confundirlos puede hacer perder un tiempo valioso. Área Capilar, especializada en tricología y trasplante capilar, repasa los tipos más frecuentes y cómo reconocerlos.
- Alopecia androgenética femenina: Es la más frecuente. El cabello se vuelve cada vez más fino y escaso en la parte superior de la cabeza y la raya se ensancha, mientras que la línea frontal suele mantenerse; por eso, rara vez llega a producirse una calvicie completa. Según la Academia Española de Dermatología y Venereología, afecta a alrededor del 35 % de las mujeres en edad fértil, una proporción que aumenta tras la menopausia. En algunos casos se asocia a un exceso de andrógenos, como ocurre en el síndrome de ovario poliquístico, de ahí la importancia del estudio hormonal cuando está indicado.
- Efluvio telógeno: Es una caída brusca y difusa: el pelo se desprende en mayor cantidad durante la ducha o el cepillado, aunque no suelen formarse zonas completamente despobladas. Suele manifestarse dos o tres meses después de un desencadenante, como una fiebre alta, una operación, una dieta muy restrictiva, una etapa de estrés intenso, la falta de hierro o un trastorno de tiroides. Lo habitual es que remita por sí solo cuando se corrige la causa; si se prolonga más de seis meses, es conveniente estudiarlo.
- Alopecia posparto: Es un efluvio telógeno con un desencadenante concreto: el descenso de los estrógenos después de dar a luz. Aparece habitualmente entre el segundo y el sexto mes tras el parto y puede alarmar por su intensidad, pero suele ser una respuesta fisiológica que se resuelve progresivamente en un plazo de seis a doce meses. Si se prolonga más allá del año, conviene descartar otras causas, como un déficit de hierro o una alteración tiroidea.
- Alopecia areata: Es una enfermedad autoinmune que afecta a casi un 2 % de la población en algún momento de su vida. El sistema inmunitario ataca los folículos y aparecen, a menudo de forma repentina, placas redondeadas u ovaladas sin pelo y con la piel lisa. En sus formas más extensas, también puede afectar a las cejas y las pestañas. Como el folículo no se destruye, el pelo puede volver a crecer, aunque la evolución es imprevisible.
- Alopecia por tracción: La provocan los peinados que tiran del pelo de forma continuada, como las coletas y los moños muy tirantes, las trenzas o las extensiones. Se nota sobre todo en las sienes y en el contorno de la frente, donde el cabello se va aclarando. Si se detecta a tiempo y se modifica el peinado, puede ser reversible; si se mantiene durante años, puede volverse permanente.
- Alopecia frontal fibrosante: Afecta principalmente a mujeres, sobre todo después de la menopausia, y cada vez se diagnostica con más frecuencia. La línea de nacimiento del pelo retrocede poco a poco, como una banda, y en muchos casos también se ven afectadas las cejas. Es una alopecia cicatricial: el folículo se destruye y el pelo perdido no vuelve a crecer en esa zona. Por eso, el diagnóstico precoz es decisivo para intentar frenar su avance.
- Efluvio anágeno: Es la caída rápida e intensa que provocan algunos tratamientos, sobre todo la quimioterapia, al interrumpir el crecimiento del pelo durante su fase activa. Comienza a las pocas semanas de iniciar el tratamiento y, en la mayoría de los casos, el cabello vuelve a crecer al finalizarlo, aunque puede presentar una textura o un color diferentes.